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Juventud del escultor. SergioPeraza.

Desde mi niñez y juventud adolescente, yo tenía que cumplir con un horario de trabajo en el taller de mi padre.

Hacía limpieza de sus herramientas, seleccionaba y organizaba recortes de prensa, fotografía, negativos, alisaba y retocaba piezas de cera, y también tuve que amasar arcilla. Eran trabajos pequeños que no requerían demasiada destreza artística, solamente esfuerzo, tiempo y paciencia.

Finalmente, así me fui “naturalizando” con lo cotidiano del taller.

Terminaba la década de los 80’s, el aprendizaje con mi papá, fue diverso; fui su ayudante en oficina y taller, y también fotógrafo, organizador de exposiciones, secretario, traductor, archivista, chófer y lo mas importante: aprendiz de escultor.

En ese tiempo, además de trabajar en el taller paterno, en mi habitación creaba yo un mundo de personajes fantasiosos de plastilina. modelaba y dibujaba hasta altas horas de la noche.(1987)

Me fue desvelando sus secretos de modelado; cómo daba forma a los capotes de toreros, los pliegues y arrugas en las esculturas, cómo se llama cada suerte taurina (porque ese tema abundaba en su taller). También aprendí a hacer moldes de silicón, vaciados en cera, en yeso, los trucos mecánicos para agrandar una escultura, aprendí a cuantificar y valorar los materiales, y muy importante la administración de un taller de arte.

En mi juventud como escultor, trabajé bajo su dirección esculturas de mediano y gran formato.

Mi papá tenía en su taller un equipo de ayudantes, algunos eran escultores de carrera, otros habían aprendido desde cero, y todos de alguna manera u otra “metían mano en los proyectos”, pero no en todos. Mi papá era muy reservado de quienes tocaban sus encargos de bustos.

Los retratos dependían al 100% de su mano. Y allí fue donde encontré un sitio privilegiado en el taller, porque poco a poco me fue dando más soltura y libertad “alisando una mejilla” “conformando una nariz”, me corregía con paciencia, me explicaba la anatomía del rostro.

Me ponía a ejercitar la observación y nunca me permitía trabajar apresurado. Me enseñó lo que él aprendió a su vez de su maestro Ignacio Asúnsulo, de quien decía “fue el mejor retratista que hubo en México”.

Muchos bustos y monumentos hicimos en esos tiempos, y me pagaba bien, se daba cuenta que a pesar de mis rebeldías propias de la edad, mi juventud y ganas de aprender eran catalizadores para materializar sus enseñanzas.

La prueba de fuego como joven escultor llegó cuando en 1991 atravesó mi padre por un difícil periodo en que una depresión nerviosa le impidió trabajar y asumir un encargo importante para Yucatán. El gobernador le pidió tres estatuas de ínclitos compositores yucatecos, pero al estar imposibilitado física y anímicamente, le respondió al gobernador que si aceptaba ese encargo, lo haríamos mi hermano y yo, y no llevaría ni su firma ni su nombre en los créditos. El político estuvo de acuerdo, porque tenía un tiempo apresurado de entrega. Y entonces así el destino, en mi juventud, me puso frente a frente a una obra pública.

Esos monumentos se entregaron a tiempo, y mi padre recuperó su salud y regresó con más fuerza a su taller. (actualmente se encuentran en el Museo de la Canción Yucateca en la ciudad de Mérida)

Guty Cárdenas, José Domínguez, y Ricardo Palmerín.
En 1992 como tallerista temporal en EUA, aprendí el proceso “Cerámic Shell Casting”.

Si había una estatua en proyecto, me dejaba a mí trabajar principalmente los rostros. Y andando el tiempo, cuando el no quería atender un encargo de algún busto, me confiaba a mí al cliente, y me encargaba completamente de todo el trabajo. Desde los 23 años comencé a ganar dinero de este oficio de retratista, y con el fruto de lo ganado por los bustos, podía solventar materiales y fundición para otras obras más personales

La últimas estatuas que trabajé de tiempo completo en el taller de mi papá fueron “CANTINFLAS” para la Plaza de Toros México, un busto de un General del Ejército Mexicano y la estatua de Carlos Salinas de Gortari, para el “Paseo de los Presidentes” en los Pinos (1994).

Luego de eso, tenía ya listas obras personales de pintura, dibujo, grabado y esculturas para mis primeras exposiciones, entonces en 1995 me independicé, puse mi propio taller en Taxqueña, Coyoacán, y arranqué entusiasmado en mi vida de artista.

En mi taller de Paseos de Taxqueña, en la tranquilidad que ofrece el trabajar en solitario. Una escultura de unicornio con una ninfa y atrás mi autorretrato como florero (1995).

Mi papá no puso inconveniente en que dejara su taller, incluso me apoyó muchísimo y como mencioné antes, me encaminó algunos proyectos que le solicitaban a él (generalmente bustos), ya no le interesaba hacerlos, -el prefería hacer sus obras de tauromaquia sin interrupciones- entonces me pasaba a mí el contrato, y eran pedidos que me fueron llevando a cumplir profesionalmente al entregar en tiempo y forma.

Obtuve reconocimiento de colegas y de otros maestros que se dieron cuenta que lidiaba yo muy bien con la debida presión del peso del apellido paterno.

Humberto Peraza
Esta publicación es de diciembre 1995, en una entrevista que le hizo Alejandro Klerian Martínez a mi padre, el periodista le preguntó “Quién es su mejor discípulo?” y con firmeza respondió: “Mi hijo Sergio, aunque no aborda el tema taurino rigurosamente. El no quiere parecerse a mí, la influencia está en su inconsciente y se está liberando de ella”.

Fuera de esos trabajos “de encargo” pasaba muchas horas al día y noche, pintando y modelando. En solitario, o bien, acompañado de la “novia en turno” y en ocasiones bohemias, con la multitud de amigos que asolaban mi “taller de soltería”.

En realidad yo ya llevaba muchos años ideando salirme de la casa de mis padres y como todo adolescente “vivir mi vida”. No me fue tan difícil adaptarme a ser independiente. Me iba bien porque trabajaba mucho, aunque el resto de mis familiares decían que yo le “hacía mucho al cuento” por estar siempre hablando de unicornios, pegasos, del minotauro, dragones etc.

Muy pocas personas me veían trabajar. Incluso años antes, todavía viviendo en la casa paterna, yo me encerraba en mi recámara y pintaba, me amanecía pintando y escuchando música. Y cuando me caía dinero enviaba a enmarcar dibujos y pinturas. Fui llenando habitaciones de cuadros listos para exhibirlos.

Fue a partir de finales de 1994 e inicios del 95 cuando empecé a hacer exposiciones, una tras otra, colectivas con colegas, y pintaba yo con frenesí y hacia escultura en cualquier material que se me cruzaba. El bronce era para mí “complementario”.

Tiempos rockeros, tiempos de jugar fantaseando con el arte.

En esos tiempos y andadas, estaba yo decidido a ser artista de por vida, sin preocuparme por la “sombra paterna”. Por eso, con cada exposición que presentaba, se incrementaba el catálogo y diversidad de obras y materiales del joven escultor. Y lo mejor de todo es que, VENDIA MIS OBRAS!

En una charla de sobremesa con mi hermana Patricia, me preguntó si tenia yo obra preparada para lograr una exposición individual. Ella manejaba entonces en el Centro Cultural y Social Veracruzano, una galería de arte.

No solamente tenía obra personal muy creativa, sino que tenía ya algunos bustos realizados. Pusimos fecha de inauguración lo más pronto posible, entonces ella se dedicó a los detalles sociales y técnicos, y yo a preparar la presentación de las obras.

Elegimos el mes de diciembre por ser el mes que la gente acostumbra comprar “arte para regalar en navidad”, y como Patricia pagaba renta de la galería necesitaba que mis obras se vendieran. Era una apuesta de fin de año y una responsabilidad importante para mí.

En diciembre de 1994 inauguramos con bombo y platillo, mi primer exposición individual “Los Perazos de Peraza”. Tuve la gran fortuna que el pintor Raúl Anguiano, cortara el listón inaugural, y eso marcó el inicio de mi carrera, desde entonces hasta hoy, la juventud del escultor permanece en su esencia, sin dejar de crear arte ininterrumpidamente.

Link de “Los Perazos de Peraza”

“ANDRIA” Pastel sobre papel Duponte hecho a mano (1991)

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